viernes, 5 de septiembre de 2025

¿Qué motivos tengo para creer que la religión verdadera es la católica?

 

Hay quien cree que todas las religiones son igualmente válidas, lo que es incongruente, dado que mantienen creencias diametralmente opuestas e incompatibles entre sí. O hay un Dios o hay muchos dioses, o hay o no hay vida después de la muerte, o Jesús es el Hijo de Dios o no lo es. Entonces, ¿es el cristianismo una religión como las demás? La Revelación y la Historia de la Iglesia muestran otra cosa: Dios acreditó a Cristo con obras públicas, y su Iglesia con frutos y permanencia.

* Revelación:
  • Milagros como sello divino
    «Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis; pero si las hago, creed a las obras…» (Jn 10,37-38). Si los milagros de Jesús no se hubieran verificado delante de los testigos, ¿cómo hubiera podido esgrimirlos como argumento a su favor?
    «Comienzo de las señales… y manifestó su gloria, y creyeron en él sus discípulos» (Jn 2,11).
    «El Señor confirmaba la Palabra con las señales» (Mc 16,20).

  • Propagación inicial extraordinaria
    «Aquel día se les unieron unas tres mil almas» (Hch 2,41).
    «Vuestra fe es alabada en todo el mundo» (Rom 1,8); «fructifica y crece… en todo el mundo» (Col 1,6).
    Todo ello sin armas, ni riquezas, ni prestigio académico (cf. 1 Co 1,21-23), lo que no tiene sentido sin un recurso extraordinario (la gracia) que supera las fuerzas meramente humanas.

  • Excelencia de la doctrina y de los medios de salvación
    Autoridad de su enseñanza (Mt 7,28-29; Lc 4,32).
    Santidad y simplicidad de los preceptos: el amor como plenitud de la Ley (Mt 22,37-39; Rom 13,10; Mt 5,48).
    Medios eficaces: fe y Bautismo (Mc 16,16), Eucaristía (Jn 6,51), oración que salva y perdona (St 5,15).

  • Conversión y renovación de costumbres
    Del paganismo y la corrupción (Rom 1,29-30; 1 Co 6,9-10) a vidas lavadas, santificadas, justificadas (1 Co 6,11).
    También en Israel: multitud de sacerdotes aceptaban la fe (Hch 6,7).

  • Estabilidad y continuidad eclesial
    «Tú eres Pedro… y las puertas del Hades no prevalecerán» (Mt 16,18).
    Si una obra «es de Dios, no podréis destruirla» (Hch 5,38-39). Veinte siglos con la misma sustancia de fe, sacramentos y gobierno.

 Tradición y Magisterio

  • San Agustín: Dios permite males para sacar de ellos un bien mayor (Enchiridion, 11), y así también confirma con frutos lo que es suyo.

  • Concilio Vaticano I, Dei Filius: Dios ofrece motivos de credibilidad (cap. III).

  • Catecismo de la Iglesia Católica:

    • 156: los milagros de Cristo y de los santos, las profecías, la santidad y la fecundidad de la Iglesia son signos ciertos de la Revelación.

    • 812-816: unidad, santidad, catolicidad y apostolicidad como notas visibles de su origen divino.

Consecuencia práctica

Cuando una doctrina eleva la inteligencia y transforma la vida —convirtiendo pecadores, reconciliando enemigos, sosteniendo mártires, levantando hospitales y escuelas, generando santos de toda cultura—, y cuando permanece indefectible a través de persecuciones y crisis, la explicación más sobria es esta: Dios acreditó a Jesucristo y sostiene a su Iglesia. No se trata de una superioridad sociológica, sino de frutos de gracia que exceden lo meramente humano.

En definitiva

Las demás religiones son un esfuerzo humano para alcanzar la trascendencia, si bien en el cristianismo se da la dinámica inversa: es Dios quien sale al encuentro de su criatura para salvarla y los milagros confirman la doctrina; la expansión sin poder humano y la excelencia moral acreditan su verdad; la renovación de vidas y la permanencia eclesial completan el cuadro. Razón y fe convergen: el cristianismo no es una opción más, sino la respuesta de Dios en la historia. El cristianismo es la única religión capaz de mostrar milagros que resisten el análisis científicos, milagros que siguen dándose en la actualidad y que es posible no solo admirar, sino investigar en laboratorios modernos.

La liturgia lo proclama

Cada domingo confesamos en el Credo: «Creo en un solo Señor Jesucristo… Creo en la Iglesia, una, santa, católica y apostólica». La fe que anunciamos es la fe que celebramos y la que vivimos.

¿Quieres profundizar más?
  • Sagrada Escritura: Jn 10; Jn 2; Mc 16; Hch 2 y 6; 1 Co 1 y 6; Mt 5, 7, 16 y 22; Rom 1; Col 1; St 5.

  • Concilio Vaticano I, Dei Filius (cap. III).

  • Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 144-184, 156, 812-816.

  • J. H. Newman, Ensayo para contribuir a una gramática del asentimiento (sobre los signos de credibilidad).

martes, 2 de septiembre de 2025

¿Por qué Dios permite el mal y el sufrimiento?

 

Algunos afirman que la existencia del mal prueba que no puede haber un Dios bueno y todopoderoso. Un ser verdaderamente amoroso no toleraría guerras, enfermedades, catástrofes o sufrimientos inocentes. Sin embargo, la Revelación muestra que esta objeción no se sostiene.

* Revelación: “Por un solo hombre entró el pecado en el mundo y, por el pecado, la muerte” (Rm 5,12). El mal no procede de Dios, sino del uso equivocado de la libertad humana.

* Revelación: “Sabiduría no hizo la muerte, ni se alegra de la perdición de los vivientes… por envidia del diablo entró la muerte en el mundo” (Sab 1,13; 2,24). El sufrimiento y la muerte no forman parte del plan original de Dios.

* Revelación: “Él tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades” (Mt 8,17). Cristo no se mantuvo al margen del dolor humano, sino que lo asumió en su propia carne para redimirlo.

* Revelación: “Completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1,24). El sufrimiento del creyente, unido al de Cristo, adquiere valor redentor.

* Revelación: “Enjugará toda lágrima de sus ojos. Ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor” (Ap 21,4). La promesa definitiva de Dios es la superación plena del mal en la vida eterna.

* Revelación: El justo sufre. “Cristo padeció… el justo por los injustos” (1 Pe 3,18). Nadie más inocente que Jesús, y sin embargo sufrió: así se revela que el dolor puede ser camino de salvación (Lc 24,26; Is 53).

* Revelación: El sufrimiento es experiencia común. “No os sorprendáis del fuego de la prueba” (1 Pe 4,12). Sufrir, antes o después, nos alcanza a todos; en Cristo, Dios lo transforma en gracia (2 Co 12,9).

* Revelación: Males naturales. “Toda la creación gime y sufre dolores de parto” (Rm 8,22). Terremotos, inundaciones o desastres recuerdan que la creación es dinámica y “en gestación” hacia su plenitud en Cristo (Col 1,20).

* Revelación: La enfermedad puede ser camino de conversión. “Ni él pecó ni sus padres; es para que se manifiesten en él las obras de Dios” (Jn 9,3). La prueba abre a la fe, a la humildad y a la caridad (St 5,14-15).

* Revelación: El verdadero mal es el pecado. “Del corazón salen… homicidios, fornicaciones, robos, falsos testimonios” (Mt 15,19). Violación, asesinato, robo o calumnia no vienen de Dios: brotan del pecado y destruyen al prójimo (Gn 4).

La Tradición de la Iglesia confirma esta verdad. San Agustín enseña que Dios permite el mal porque es tan poderoso que puede sacar de él un bien mayor (Enchiridion, 11). El Magisterio, en el Catecismo (§§ 309-314), afirma que el “misterio de la iniquidad” sólo se ilumina en la cruz y la resurrección: Dios no quiere el mal, pero lo ordena a un bien superior al hacerlo participar en la obra redentora de Cristo. San Juan Pablo II, en Salvifici Doloris, muestra que el sufrimiento humano ha sido redimido y puede convertirse en “lugar” de encuentro con Dios (SD 19).

El argumento práctico es claro: el dolor escandaliza cuando lo juzgamos inútil. Pero la fe enseña que, asumido con Cristo, purifica el corazón, suscita conversión, despierta solidaridad y prepara una esperanza que no defrauda (Rm 5,3-5). Los llamados “males naturales” recuerdan los límites de la condición creada; la enfermedad puede ser itinerario de retorno a Dios; y los males morales exigen conversión, justicia y reparación, porque el pecado —no Dios— es el auténtico mal.

La Liturgia proclama esta certeza en la Pascua: “Por su cruz y resurrección nos has salvado, Señor”. En Cristo, el mal no tiene la última palabra: Dios lo transforma en gracia y lo orienta a la vida eterna.

¿Quieres profundizar más?

Juan Pablo II. (1984). Salvifici Doloris: Carta apostólica sobre el sentido cristiano del sufrimiento humano. Ciudad del Vaticano. 

¿Por qué hemos de bautizar a los niños?

Algunos afirman que el bautismo debe recibirse solo en la edad adulta, cuando la persona sea consciente de su fe. Sin embargo, la Biblia, la tradición de la Iglesia y el sentido común muestran que esta objeción no se sostiene. Sí, Jesús se bautizó de adulto, pero, ¿qué hay de las citas en las que aparecen familias enteras bautizándose? No tiene sentido pensar que en esas familias no hubiera menores.

* Revelación: “Se bautizó con toda su familia” (Hch 16,15). El bautismo de Lidia incluye a todos los de su casa, sin excluir a los más pequeños.

* Revelación: “El carcelero de Filipos… se bautizó enseguida con todos los suyos” (Hch 16,33). La Escritura presenta familias enteras que recibieron el bautismo, lo que implica también a los niños.

* Revelación: “Mientras Pedro estaba hablando, el Espíritu Santo descendió sobre todos los que escuchaban la Palabra… Entonces mandó bautizarles en el nombre de Jesucristo” (Hch 10,44.48). Cornelio y toda su familia recibieron el bautismo, lo que confirma que la gracia se derramaba sobre todos, incluidos los más pequeños del hogar.

* Revelación: “Dejad que los niños se acerquen a mí y no se lo impidáis, porque de los que son como ellos es el Reino de Dios” (Mc 10,14). Si Jesús mismo pide que no se ponga obstáculo a los niños para acercarse a Él, ¿cómo negarles el acceso al bautismo, puerta de la vida cristiana?

La Tradición Apostólica confirma esta práctica. San Ireneo, en el siglo II, afirmaba: “Cristo vino a salvar a todos: niños, pequeños, jóvenes y ancianos”. El Magisterio ha custodiado siempre esta enseñanza, declarando que el bautismo es necesario para la salvación y que los padres tienen la misión de transmitir la fe a sus hijos desde el inicio de la vida.

El argumento práctico es claro: muchos dicen que dejarán a sus hijos decidir cuando sean adultos. Pero con esa lógica habría que esperar para todo: no mandarlos a la escuela por si no quieren estudiar, no darles carne por si eligen ser vegetarianos, no vestirlos por si de mayores desean ser góticos o hippies. La realidad es otra: como padres y madres tenemos la obligación y el derecho de dar a nuestros hijos aquello que creemos bueno para ellos. Otra cosa es que haya padres que aún no han descubierto que la mejor herencia que pueden dejar a sus hijos es la fe, con los valores de amor, verdad y esperanza que ella transmite.

La Liturgia bautismal proclama esta certeza: el niño recibe el don gratuito de la gracia y es incorporado a Cristo y a la comunidad de la Iglesia. La fe que salva no depende de la edad, sino de la gracia de Dios que se derrama.

¿Quieres profundizar más?

Martínez, J. (2013). El bautismo de los niños: Fundamentos bíblicos y teológicos (1.ª ed.). Editorial San Esteban. ISBN 978-84-7151-327-1. 

lunes, 1 de septiembre de 2025

¿Demuestra el canon bíblico la autoridad doctrinal de la Iglesia Católica?

Una objeción frecuente sostiene que la Biblia “se interpreta sola” y que no hace falta la Iglesia para conocer la verdad. Pero la historia y la misma revelación muestran lo contrario: sin la Iglesia, no tendríamos siquiera certeza de cuáles libros forman parte de la Escritura.

* Revelación: “Manteneos firmes y conservad las tradiciones que aprendisteis de nosotros, de viva voz o por carta” (2 Tes 2,15). La Palabra de Dios no se transmitió solo por escrito, sino también mediante la Tradición viva de la Iglesia.

* Revelación: “La Iglesia del Dios vivo, columna y fundamento de la verdad” (1 Tim 3,15). San Pablo afirma que es la Iglesia, no la Escritura aislada, quien sostiene y custodia la verdad revelada.

La realidad histórica es clara: durante los primeros siglos circularon muchos escritos atribuidos a los apóstoles o a figuras cristianas. No todos eran inspirados, y algunos contenían errores graves. Fue la Iglesia, reunida en concilios como el de Hipona (393) y Cartago (397), la que definió el canon de los libros inspirados, distinguiendo los auténticos de los apócrifos.

Por tanto, afirmar que “solo la Biblia basta” es olvidar que fue la autoridad de la Iglesia la que, bajo la guía del Espíritu Santo, discernió y transmitió ese mismo libro. No se puede separar la Escritura de la comunidad que la custodia.

La Tradición Apostólica y el Magisterio son inseparables de la Escritura, porque todas forman parte de un único depósito de la fe. La Liturgia lo confirma cada vez que proclama la Palabra de Dios en la asamblea, siempre unida al anuncio de la Iglesia.

Quien confiesa la Biblia como Palabra de Dios ya está, implícitamente, reconociendo la autoridad de la Iglesia que la transmitió y garantizó.

¿Quieres profundizar más?

Martínez Díez, G. (2008). La formación del canon de la Sagrada Escritura (1.ª ed.). Biblioteca de Autores Cristianos (BAC). ISBN 978-84-7914-912-0. 

¿Por qué los católicos celebramos el domingo y no el sábado, tal y como lo manda la Biblia?

Algunos sostienen que el verdadero día del Señor es el sábado, y acusan a la Iglesia católica de haber cambiado arbitrariamente el mandamiento. Sin embargo, la revelación y la tradición cristiana muestran que desde los orígenes la comunidad apostólica celebró el domingo como memorial de la resurrección de Cristo.

* Revelación: “El primer día de la semana, cuando estábamos reunidos para la fracción del pan, Pablo les dirigía la palabra” (Hch 20,7). Ya en tiempos apostólicos, la Eucaristía se celebraba el domingo, primer día de la semana.

* Revelación: “El día del Señor quedé arrebatado en el Espíritu” (Ap 1,10). San Juan utiliza esta expresión para referirse al domingo, día en el que la Iglesia conmemora la victoria de Cristo sobre la muerte.

* Revelación: “El primer día de la semana, muy de madrugada, fueron al sepulcro” (Lc 24,1). Los evangelios señalan con claridad que Jesús resucitó en domingo, fundamento de la celebración cristiana.

Los Padres de la Iglesia confirmaron esta praxis. San Ignacio de Antioquía (s. I-II) escribió: “Ya no vivimos según el sábado, sino según el día del Señor, en el cual también nació nuestra vida por Él y por su muerte”. La Iglesia entendió que el domingo no abolía el sábado, sino que lo cumplía y lo superaba al señalar la nueva creación inaugurada por la resurrección.

La Liturgia ha mantenido ininterrumpidamente esta tradición: el domingo es el centro de la vida cristiana, “la fiesta primordial” según el Concilio Vaticano II. En él la Iglesia se reúne, celebra la Eucaristía y anticipa el descanso eterno en Dios.

El domingo, por tanto, no es una invención humana, sino la confesión semanal de que Cristo vive. Celebrarlo es entrar en el ritmo mismo de la salvación.

¿Quieres profundizar más?

Juan Pablo II. (1998). Dies Domini: Carta apostólica sobre la santificación del domingo. Ediciones Palabra. ISBN 978-84-8239-387-6.

¿Las reliquias de los santos sirven para algo?

 

Algunos objetan que venerar reliquias —huesos u objetos de santos— es superstición. Sin embargo, la Biblia y la tradición cristiana muestran que Dios mismo se ha servido de signos materiales para obrar maravillas y fortalecer la fe.

* Revelación: “Cuando el cadáver cayó sobre los huesos de Eliseo, revivió y se puso de pie” (2 Re 13,21). El contacto con los restos del profeta fue instrumento de la acción de Dios.

* Revelación: “Dios obraba milagros extraordinarios por medio de Pablo, hasta el punto de aplicar a los enfermos pañuelos o vestidos que habían tocado su cuerpo, y los males se les quitaban” (Hch 19,11-12). Incluso objetos asociados a un apóstol eran ocasión de la gracia sanadora de Dios.

* Revelación: “Una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años… se acercó por detrás y tocó la orla de su manto; y al instante cesó su flujo de sangre. Jesús dijo: ‘Alguien me ha tocado, porque he notado que una fuerza ha salido de mí’” (Lc 8,43-46). Aquí se ve que el mismo contacto con la vestidura de Cristo fue vehículo de su poder sanador.

La Tradición patrística reconoció este valor. San Jerónimo escribía: “Honramos las reliquias de los mártires para adorar en ellas a aquel cuyo mártir fue”. La veneración nunca se dirige a los huesos o prendas en sí, sino a Cristo, cuya gracia transformó la vida de esos santos.

Un ejemplo cotidiano ayuda a entenderlo: guardamos con cariño un anillo, un reloj o una carta de un ser querido fallecido. No porque el objeto tenga poder en sí, sino porque nos conecta con la persona amada. Así ocurre con las reliquias: son memoria tangible de quienes vivieron la fe en plenitud.

La Liturgia lo refleja al colocar reliquias de mártires en los altares, signo de que la Eucaristía se celebra unida a quienes dieron su vida por Cristo.

Lejos de ser superstición, la veneración de reliquias es un acto de amor y memoria que fortalece nuestra comunión con Cristo y con sus testigos.

¿Quieres profundizar más?

Ratzinger, J. (2005). La comunión de los santos (2.ª ed.). Ediciones Sígueme. ISBN 978-84-301-1530-3.

¿La Biblia no condena la adoración de las imágenes?

Una objeción frecuente contra la fe católica afirma que la Biblia prohíbe hacer imágenes, por lo que los católicos serían idólatras. Esta crítica suele citar Éxodo 20,4: “No te harás escultura ni imagen alguna…”. Pero es necesario entender el contexto: Dios prohibió a Israel fabricar imágenes para adorarlas como dioses falsos, no el uso de representaciones al servicio de la fe.

* Revelación: “Harás dos querubines de oro… y pondrás los querubines sobre el arca” (Ex 25,18-19). Dios mismo ordena que se realicen imágenes de ángeles para el arca de la alianza, signo de su presencia.

* Revelación: “En la casa hizo dos columnas… y sobre el capitel de cada columna había un diseño de lirios” (1 Re 7,15.19). El templo de Jerusalén estaba adornado con figuras y ornamentos florales, expresión visible de la gloria divina.

* Revelación: “Cristo es la imagen del Dios invisible” (Col 1,15). Con la Encarnación, Dios mismo se hizo visible. Si Cristo, el Hijo, es la “imagen del Padre”, la representación de su humanidad es legítima, porque nos conduce al misterio de Dios hecho carne.

La Tradición de la Iglesia ha defendido que las imágenes no son ídolos, sino signos que remiten al original. El II Concilio de Nicea (787) definió que la veneración de imágenes no es adoración: el culto se dirige a la persona representada, no al objeto material.

Podemos comprenderlo con un ejemplo sencillo: cuando beso la foto de mi abuela fallecida, no beso un trozo de papel, sino a la persona que representa. Del mismo modo, un gesto de veneración ante una imagen de Cristo, de María o de un santo no se dirige al material de la estatua o pintura, sino a aquel a quien representa.

La Liturgia utiliza imágenes para despertar la fe, no para sustituir a Dios. No se trata de idolatría, sino de pedagogía del amor: los ojos nos ayudan a elevar el corazón.

¿Quieres profundizar más?

Juan Pablo II. (1998). Carta apostólica Duodecimum Saeculum sobre el arte sacro y las imágenes cristianas. Ediciones Palabra. ISBN 978-84-8239-387-6.

¿Por qué los sacerdotes son célibes?

 

Una de las objeciones más comunes afirma que el celibato sacerdotal es una imposición humana contraria a la naturaleza. Para responder, conviene aclarar primero lo que enseña la revelación y cómo la Iglesia ha vivido este tema a lo largo de la historia.

* Revelación: “Hay eunucos que se hicieron tales a sí mismos por el Reino de los cielos. El que pueda entender, que entienda” (Mt 19,12). Jesús propone la virginidad consagrada como un camino de entrega radical al Reino.

* Revelación: “Quisiera que todos fueran como yo; pero cada uno recibe de Dios su propio don… El no casado se preocupa de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor” (1 Cor 7,7.32). San Pablo valora el celibato como expresión de disponibilidad plena para el servicio apostólico.

Ahora bien, es cierto que Jesús no tuvo inconveniente en llamar a ministros casados. Pedro, cabeza de los apóstoles, tenía suegra: “Al salir de la sinagoga, fue a casa de Simón y Andrés, con Santiago y Juan. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y enseguida le hablaron de ella” (Mc 1,29-30). Esto muestra que el matrimonio no fue impedimento para el ministerio apostólico.

La praxis de la Iglesia, sin embargo, fue reconociendo la conveniencia del celibato como disciplina que favorece la entrega total. San Pablo mismo lo sugiere como camino de mayor libertad espiritual. Por eso, aunque el celibato no es de derecho divino —es decir, no está mandado directamente por Cristo como algo absoluto—, sí es una norma de derecho eclesiástico que la Iglesia ha discernido como más adecuada en la mayoría de contextos.

La distinción es fundamental:

  • Normas de derecho divino: provienen de la voluntad directa de Dios y son inmutables. Por ejemplo, el mandato de Cristo en la Eucaristía: “Haced esto en memoria mía” (Lc 22,19). Nadie puede cambiarlo.

  • Normas de derecho humano o eclesiástico: son disposiciones que la Iglesia establece para ordenar mejor la vida de los fieles. El celibato sacerdotal pertenece a esta categoría: no es un dogma, sino una disciplina que puede modificarse según las necesidades pastorales.

Así, el celibato no es una imposición antinatural, sino un don libremente acogido que la Iglesia propone a quienes quieren seguir a Cristo en el sacerdocio latino. Es signo de entrega radical, de disponibilidad plena y de testimonio del Reino que viene.

¿Quieres profundizar más? 

Castaño, J. (2011). El celibato sacerdotal: Una aproximación teológica y pastoral (1.ª ed.). BAC. ISBN 978-84-220-1600-7.

¿Qué es el purgatorio?

Una de las objeciones más repetidas contra el purgatorio es que la palabra no aparece en la Biblia. Sin embargo, tampoco aparecen términos como “Trinidad”, “Encarnación” o incluso “Biblia”, y no por ello se niegan esas realidades esenciales de la fe cristiana. Lo importante no es la palabra exacta, sino la verdad que expresa.

* Revelación: “Nada impuro entrará en ella, ni nadie que cometa abominación o mentira” (Ap 21,27). La Escritura enseña que en la presencia de Dios no puede haber mancha alguna. Pero, ¿qué ocurre con quienes mueren en gracia, aunque aún con imperfecciones o pecados leves?

Aquí se manifiesta la misericordia de Dios: el purgatorio no es un castigo cruel, sino un don. Es el proceso de purificación que prepara al alma para ver a Dios cara a cara. Benedicto XVI lo describió con una imagen luminosa: es como estar en una habitación oscura y, de repente, recibir un fogonazo de luz. Los ojos, acostumbrados a la penumbra, necesitan un tiempo de adaptación. Así ocurre con la luz de Dios: el purgatorio es ese tiempo de gracia en el que el alma se va adecuando a la plenitud de su presencia.

* Revelación: “Al que blasfeme contra el Espíritu Santo no se le perdonará ni en este mundo ni en el venidero” (Mt 12,32). Estas palabras de Jesús implican que, mientras algunos pecados no se perdonan ni aquí ni allá, existen otros que sí pueden ser perdonados después de la muerte: base implícita del purgatorio.

* Revelación: “La obra de cada cual quedará al descubierto; el día la pondrá de manifiesto… si la obra se quema, sufrirá daño; él quedará a salvo, pero como quien pasa a través del fuego” (1 Cor 3,13-15). San Pablo afirma que algunos serán purificados “como por fuego”, lo que refleja un proceso de purificación posterior al juicio.

* Revelación: “Judas Macabeo hizo una colecta… para ofrecer un sacrificio por el pecado de los muertos, pensando que los difuntos recibirían el perdón” (2 Mac 12,43-45). Aquí se muestra con claridad que las oraciones de los vivos benefician a los difuntos, confirmando la existencia de un estado intermedio en el que esas súplicas son eficaces.

La Tradición Apostólica siempre sostuvo esta verdad, y el Magisterio la definió en concilios como Florencia y Trento. La Liturgia lo proclama en cada misa, cuando intercede por los difuntos para que, purificados, lleguen a la visión de Dios.

El purgatorio, lejos de ser una invención humana, es un signo de la misericordia divina: Dios no rechaza a quien muere en gracia, pero lo prepara para la plenitud de su amor. Es el umbral purificador que abre las puertas de la eternidad.

¿Quieres profundizar más?

Eltz, N. & Simma, M. (2015). ¡¡Sáquennos de aquí!!: María Simma responde a esta petición de las benditas ánimas del purgatorio (2.ª ed.). Didacbook. ISBN 978‑84‑15969‑47‑1 

¿Ciencia y fe son enemigas?

Una objeción repetida en el mundo moderno es que la ciencia habría demostrado que Dios no existe, como si razón y fe estuvieran condenadas a enfrentarse. Sin embargo, esta oposición es artificial. La revelación y la experiencia de muchos científicos demuestran que la fe y la ciencia se complementan y se enriquecen mutuamente.

* Revelación: “Lo invisible de Dios, su eterno poder y divinidad, se dejan ver a la inteligencia a través de sus obras desde la creación del mundo” (Rom 1,20). El orden del cosmos no oculta a Dios: lo manifiesta.

* Revelación: “Grande es el Señor nuestro, y de mucho poder; su inteligencia no tiene medida” (Sal 147,5). La creación refleja la sabiduría del Creador que la sostiene.

La historia de la ciencia está jalonada de grandes hombres de fe, muchos de ellos católicos, que descubrieron leyes fundamentales del universo sin ver en ello amenaza alguna a su fe. Para ellos, el estudio del cosmos era otra forma de leer el libro de Dios.

Entre ellos destacan:

  1. Georges Lemaître (1894–1966): sacerdote belga, padre de la hipótesis del Big Bang.

  2. Gregor Mendel (1822–1884): fraile agustino, fundador de la genética moderna.

  3. Roger Bacon (1214–1292): fraile franciscano, pionero del método experimental.

  4. Marin Mersenne (1588–1648): sacerdote francés, considerado “el padre de la acústica”.

  5. Christopher Clavius (1538–1612): jesuita, matemático clave en la reforma del calendario gregoriano. Un cráter de la luna se llama así en su honor.

  6. Angelo Secchi (1818–1878): sacerdote jesuita, fundador de la astrofísica moderna.

  7. Francesco Lana de Terzi (1631–1687): jesuita, pionero de la aeronáutica.

  8. Athanasius Kircher (1602–1680): erudito jesuita, considerado el “maestro de cien ciencias”.

  9. Giovanni Battista Riccioli (1598–1671): jesuita, primer cartógrafo lunar sistemático.

  10. Nicolás Steno (1638–1686): obispo, padre de la geología y la estratigrafía.

La Tradición de la Iglesia siempre enseñó que la fe y la razón provienen de la misma fuente: Dios, autor de la naturaleza y de la gracia. El Magisterio lo reafirmó con san Juan Pablo II en Fides et Ratio, donde se recuerda que ambas son “dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad”.

La Liturgia también reconoce esta armonía cuando en las oraciones bendice al Creador por el don de la inteligencia y de la ciencia, recordando que toda sabiduría auténtica procede de Él.

Por tanto, no existe contradicción: la ciencia estudia el cómo, la fe ilumina el porqué. Ambas convergen en señalar que el universo tiene un orden y un sentido que nos remite a su Autor.

¿Quieres profundizar más?

Papa Benedicto XVI (2011). Fe y ciencia: un diálogo necesario (Presencia Teológica). Sal Terrae. ISBN 978‑84‑293‑1959‑0