Una objeción frecuente sostiene que la Biblia “se interpreta sola” y que no hace falta la Iglesia para conocer la verdad. Pero la historia y la misma revelación muestran lo contrario: sin la Iglesia, no tendríamos siquiera certeza de cuáles libros forman parte de la Escritura.
* Revelación: “Manteneos firmes y conservad las tradiciones que aprendisteis de nosotros, de viva voz o por carta” (2 Tes 2,15). La Palabra de Dios no se transmitió solo por escrito, sino también mediante la Tradición viva de la Iglesia.
* Revelación: “La Iglesia del Dios vivo, columna y fundamento de la verdad” (1 Tim 3,15). San Pablo afirma que es la Iglesia, no la Escritura aislada, quien sostiene y custodia la verdad revelada.
La realidad histórica es clara: durante los primeros siglos circularon muchos escritos atribuidos a los apóstoles o a figuras cristianas. No todos eran inspirados, y algunos contenían errores graves. Fue la Iglesia, reunida en concilios como el de Hipona (393) y Cartago (397), la que definió el canon de los libros inspirados, distinguiendo los auténticos de los apócrifos.
Por tanto, afirmar que “solo la Biblia basta” es olvidar que fue la autoridad de la Iglesia la que, bajo la guía del Espíritu Santo, discernió y transmitió ese mismo libro. No se puede separar la Escritura de la comunidad que la custodia.
La Tradición Apostólica y el Magisterio son inseparables de la Escritura, porque todas forman parte de un único depósito de la fe. La Liturgia lo confirma cada vez que proclama la Palabra de Dios en la asamblea, siempre unida al anuncio de la Iglesia.
Quien confiesa la Biblia como Palabra de Dios ya está, implícitamente, reconociendo la autoridad de la Iglesia que la transmitió y garantizó.
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Martínez Díez, G. (2008). La formación del canon de la Sagrada Escritura (1.ª ed.). Biblioteca de Autores Cristianos (BAC). ISBN 978-84-7914-912-0.
