Algunos afirman que el bautismo debe recibirse solo en la edad adulta, cuando la persona sea consciente de su fe. Sin embargo, la Biblia, la tradición de la Iglesia y el sentido común muestran que esta objeción no se sostiene. Sí, Jesús se bautizó de adulto, pero, ¿qué hay de las citas en las que aparecen familias enteras bautizándose? No tiene sentido pensar que en esas familias no hubiera menores.
* Revelación: “Se bautizó con toda su familia” (Hch 16,15). El bautismo de Lidia incluye a todos los de su casa, sin excluir a los más pequeños.
* Revelación: “El carcelero de Filipos… se bautizó enseguida con todos los suyos” (Hch 16,33). La Escritura presenta familias enteras que recibieron el bautismo, lo que implica también a los niños.
* Revelación: “Mientras Pedro estaba hablando, el Espíritu Santo descendió sobre todos los que escuchaban la Palabra… Entonces mandó bautizarles en el nombre de Jesucristo” (Hch 10,44.48). Cornelio y toda su familia recibieron el bautismo, lo que confirma que la gracia se derramaba sobre todos, incluidos los más pequeños del hogar.
* Revelación: “Dejad que los niños se acerquen a mí y no se lo impidáis, porque de los que son como ellos es el Reino de Dios” (Mc 10,14). Si Jesús mismo pide que no se ponga obstáculo a los niños para acercarse a Él, ¿cómo negarles el acceso al bautismo, puerta de la vida cristiana?
La Tradición Apostólica confirma esta práctica. San Ireneo, en el siglo II, afirmaba: “Cristo vino a salvar a todos: niños, pequeños, jóvenes y ancianos”. El Magisterio ha custodiado siempre esta enseñanza, declarando que el bautismo es necesario para la salvación y que los padres tienen la misión de transmitir la fe a sus hijos desde el inicio de la vida.
El argumento práctico es claro: muchos dicen que dejarán a sus hijos decidir cuando sean adultos. Pero con esa lógica habría que esperar para todo: no mandarlos a la escuela por si no quieren estudiar, no darles carne por si eligen ser vegetarianos, no vestirlos por si de mayores desean ser góticos o hippies. La realidad es otra: como padres y madres tenemos la obligación y el derecho de dar a nuestros hijos aquello que creemos bueno para ellos. Otra cosa es que haya padres que aún no han descubierto que la mejor herencia que pueden dejar a sus hijos es la fe, con los valores de amor, verdad y esperanza que ella transmite.
La Liturgia bautismal proclama esta certeza: el niño recibe el don gratuito de la gracia y es incorporado a Cristo y a la comunidad de la Iglesia. La fe que salva no depende de la edad, sino de la gracia de Dios que se derrama.
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Martínez, J. (2013). El bautismo de los niños: Fundamentos bíblicos y teológicos (1.ª ed.). Editorial San Esteban. ISBN 978-84-7151-327-1.
