martes, 2 de septiembre de 2025

¿Por qué Dios permite el mal y el sufrimiento?

 

Algunos afirman que la existencia del mal prueba que no puede haber un Dios bueno y todopoderoso. Un ser verdaderamente amoroso no toleraría guerras, enfermedades, catástrofes o sufrimientos inocentes. Sin embargo, la Revelación muestra que esta objeción no se sostiene.

* Revelación: “Por un solo hombre entró el pecado en el mundo y, por el pecado, la muerte” (Rm 5,12). El mal no procede de Dios, sino del uso equivocado de la libertad humana.

* Revelación: “Sabiduría no hizo la muerte, ni se alegra de la perdición de los vivientes… por envidia del diablo entró la muerte en el mundo” (Sab 1,13; 2,24). El sufrimiento y la muerte no forman parte del plan original de Dios.

* Revelación: “Él tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades” (Mt 8,17). Cristo no se mantuvo al margen del dolor humano, sino que lo asumió en su propia carne para redimirlo.

* Revelación: “Completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1,24). El sufrimiento del creyente, unido al de Cristo, adquiere valor redentor.

* Revelación: “Enjugará toda lágrima de sus ojos. Ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor” (Ap 21,4). La promesa definitiva de Dios es la superación plena del mal en la vida eterna.

* Revelación: El justo sufre. “Cristo padeció… el justo por los injustos” (1 Pe 3,18). Nadie más inocente que Jesús, y sin embargo sufrió: así se revela que el dolor puede ser camino de salvación (Lc 24,26; Is 53).

* Revelación: El sufrimiento es experiencia común. “No os sorprendáis del fuego de la prueba” (1 Pe 4,12). Sufrir, antes o después, nos alcanza a todos; en Cristo, Dios lo transforma en gracia (2 Co 12,9).

* Revelación: Males naturales. “Toda la creación gime y sufre dolores de parto” (Rm 8,22). Terremotos, inundaciones o desastres recuerdan que la creación es dinámica y “en gestación” hacia su plenitud en Cristo (Col 1,20).

* Revelación: La enfermedad puede ser camino de conversión. “Ni él pecó ni sus padres; es para que se manifiesten en él las obras de Dios” (Jn 9,3). La prueba abre a la fe, a la humildad y a la caridad (St 5,14-15).

* Revelación: El verdadero mal es el pecado. “Del corazón salen… homicidios, fornicaciones, robos, falsos testimonios” (Mt 15,19). Violación, asesinato, robo o calumnia no vienen de Dios: brotan del pecado y destruyen al prójimo (Gn 4).

La Tradición de la Iglesia confirma esta verdad. San Agustín enseña que Dios permite el mal porque es tan poderoso que puede sacar de él un bien mayor (Enchiridion, 11). El Magisterio, en el Catecismo (§§ 309-314), afirma que el “misterio de la iniquidad” sólo se ilumina en la cruz y la resurrección: Dios no quiere el mal, pero lo ordena a un bien superior al hacerlo participar en la obra redentora de Cristo. San Juan Pablo II, en Salvifici Doloris, muestra que el sufrimiento humano ha sido redimido y puede convertirse en “lugar” de encuentro con Dios (SD 19).

El argumento práctico es claro: el dolor escandaliza cuando lo juzgamos inútil. Pero la fe enseña que, asumido con Cristo, purifica el corazón, suscita conversión, despierta solidaridad y prepara una esperanza que no defrauda (Rm 5,3-5). Los llamados “males naturales” recuerdan los límites de la condición creada; la enfermedad puede ser itinerario de retorno a Dios; y los males morales exigen conversión, justicia y reparación, porque el pecado —no Dios— es el auténtico mal.

La Liturgia proclama esta certeza en la Pascua: “Por su cruz y resurrección nos has salvado, Señor”. En Cristo, el mal no tiene la última palabra: Dios lo transforma en gracia y lo orienta a la vida eterna.

¿Quieres profundizar más?

Juan Pablo II. (1984). Salvifici Doloris: Carta apostólica sobre el sentido cristiano del sufrimiento humano. Ciudad del Vaticano.