Algunos objetan que venerar reliquias —huesos u objetos de santos— es superstición. Sin embargo, la Biblia y la tradición cristiana muestran que Dios mismo se ha servido de signos materiales para obrar maravillas y fortalecer la fe.
* Revelación: “Cuando el cadáver cayó sobre los huesos de Eliseo, revivió y se puso de pie” (2 Re 13,21). El contacto con los restos del profeta fue instrumento de la acción de Dios.
* Revelación: “Dios obraba milagros extraordinarios por medio de Pablo, hasta el punto de aplicar a los enfermos pañuelos o vestidos que habían tocado su cuerpo, y los males se les quitaban” (Hch 19,11-12). Incluso objetos asociados a un apóstol eran ocasión de la gracia sanadora de Dios.
* Revelación: “Una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años… se acercó por detrás y tocó la orla de su manto; y al instante cesó su flujo de sangre. Jesús dijo: ‘Alguien me ha tocado, porque he notado que una fuerza ha salido de mí’” (Lc 8,43-46). Aquí se ve que el mismo contacto con la vestidura de Cristo fue vehículo de su poder sanador.
La Tradición patrística reconoció este valor. San Jerónimo escribía: “Honramos las reliquias de los mártires para adorar en ellas a aquel cuyo mártir fue”. La veneración nunca se dirige a los huesos o prendas en sí, sino a Cristo, cuya gracia transformó la vida de esos santos.
Un ejemplo cotidiano ayuda a entenderlo: guardamos con cariño un anillo, un reloj o una carta de un ser querido fallecido. No porque el objeto tenga poder en sí, sino porque nos conecta con la persona amada. Así ocurre con las reliquias: son memoria tangible de quienes vivieron la fe en plenitud.
La Liturgia lo refleja al colocar reliquias de mártires en los altares, signo de que la Eucaristía se celebra unida a quienes dieron su vida por Cristo.
Lejos de ser superstición, la veneración de reliquias es un acto de amor y memoria que fortalece nuestra comunión con Cristo y con sus testigos.
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