Ante todo, el primero al que le interesa que el infierno no exista es a mí, ya que cabe la posibilidad (Dios no lo quiera) de que acabe en él. Pero Jesús es taxativo al predicar que dicha posibilidad es muy real, aunque nos cueste oír hablar de ella.
El cristianismo afirma que Dios “quiere que todos se salven” (1 Tim 2,4) y “no quiere la muerte del pecador” (Ez 33,11). ¿Cómo encaja esa voluntad salvífica con la posibilidad de una pérdida eterna? La cuestión exige pensar la libertad, la verdad del amor y el sentido del juicio.
El infierno no contradice la misericordia: expresa la seriedad de la libertad ante el amor. Es la autoexclusión definitiva de quien, persistiendo en el pecado mortal sin arrepentimiento, rechaza entrar en la comunión que Dios ofrece (CEC 1033-1037).
Revelación: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles” (Mt 25,41). El juicio manifiesta la verdad de las obras y la posibilidad de quedar fuera por decisión propia.
Revelación: “La luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz” (Jn 3,19). El rechazo nace del amor desordenado: es elección responsable, no fatalidad.
Revelación: “Dios no quiere que nadie perezca, sino que todos se conviertan” (2 Pe 3,9). La paciencia de Dios busca la conversión, no la condena.
Revelación: “No quiero la muerte del malvado, sino que se convierta y viva” (Ez 33,11). La misericordia antecede y acompaña; no suprime la libertad.
Revelación: “Pongo delante de ti vida y muerte… elige la vida” (Dt 30,19). La alianza presupone la elección responsable.
Revelación: “Dará a cada uno según sus obras: vida… o ira y indignación” (Rm 2,6-8). Justicia y misericordia se abrazan sin anularse.
Revelación: “Entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso” (Lc 16,26). Imagen de la fijeza del estado elegido.
Revelación: “El salario del pecado es la muerte, mas el don de Dios es la vida eterna” (Rm 6,23). No hay simetría: la condena es merecida; la salvación es gracia.
San Agustín enseñó que Dios permite el rechazo para no violentar la libertad, y que su justicia no se opone a su bondad (De civitate Dei, XXI). Santo Tomás explica la pena de daño (pérdida de la visión de Dios) como núcleo del infierno y la pena de sentido en analogía con esa privación (S. Th., Supl. q.98). El Catecismo afirma: el infierno es “estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados” (CEC 1033); “morir en pecado mortal sin estar arrepentido significa permanecer separado de él para siempre” (CEC 1035-1037; cf. 1861 sobre la gravedad del pecado mortal). El juicio particular (CEC 1021-1022) fija la orientación fundamental de la vida. Benedicto XVI, Spe salvi 44-47, presenta el juicio como encuentro con la Verdad-Amor que purifica y salva a quien se abre, y confirma la autoexclusión de quien se cierra obstinadamente.
Misericordia/justicia: La misericordia sana y eleva la justicia, no la deroga; salva al culpable convirtiéndolo, no declarando inocente lo que es culpa.
Libertad/verdad: Amar es libre o no es amor. La comunión divina no puede imponerse.
Mal natural/mal moral: El mal natural (dolor, catástrofes) no es pecado; el mal moral procede de la voluntad. El infierno responde al mal moral no arrepentido.
Pena de daño/pena de sentido: Lo esencial es la pérdida de Dios (daño); lo demás se entiende por analogía.
¿Cómo responder a las objeciones más habituales?
“Pena eterna por culpas finitas: desproporción.”
La ofensa se mide por la dignidad del Amor rechazado y por la fijeza del rechazo en el momento de la muerte (CEC 1021). La eternidad no alarga un castigo temporal: expresa la decisión definitiva de no querer a Dios (Jn 3,19; CEC 1033).“Si Dios ama, debe perdonar sin condición.”
Dios ofrece perdón ilimitado, pero pide aceptación libre. Perdonar sin conversión sería legitimar el mal. La misericordia busca al pecador para transformarlo (2 Pe 3,9; Lc 15), no para abolir la verdad.“Si Dios quiere que todos se salven (1 Tim 2,4), ¿cómo hay condenados?”
La voluntad salvífica es efectiva pero no violenta la libertad. Dios ofrece gracia suficiente a todos; la eficacia depende de la acogida (Mt 23,37; CEC 2002).“Nadie elegiría sufrir; luego nadie elegiría el infierno.”
No se elige sufrir; se elige un bien aparente contra la Verdad. Perseverar en ese rechazo se convierte en autoexclusión (Rm 1,25).“El infierno es un recurso pedagógico medieval.”
Está en la enseñanza de Jesús (Mt 25; Mc 9,48) y en la fe constante de la Iglesia (CEC 1033-1037). No es un invento cultural, sino verdad revelada leída con categorías actuales (estado más que “lugar”).
Por tanto, el anuncio del infierno no busca atemorizar, sino responsabilizar. La libertad crea hábitos que consolidan una orientación: amar la verdad o replegarse en sí.
Ejemplo: quien miente “pequeñamente” por interés va forjando un ethos que, si no se corrige, vuelve opaca la conciencia; llega el día en que la luz le resulta insoportable (cf. Jn 3,19). La medicina es la conversión concreta: verdad dicha, reparación hecha, confesión sacramental y caridad efectiva.
La Iglesia proclama en el Credo: “desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos”. La Solemnidad de Cristo Rey celebra el señorío de Cristo y anticipa el juicio de Mt 25, centrado en las obras de misericordia. La liturgia no cultiva el miedo: educa el deseo de la comunión y la vigilancia del corazón.
Dios nos proporciona los medios de santificación adecuados para evitar la terrible posibilidad de vivir tras la muerte apartados de su amor:
Examen de conciencia diario con lectura breve de Jn 3,16-21.
Confesión frecuente y reparación de las injusticias.
Obras de misericordia corporales y espirituales como criterio de Mt 25.
Adoración eucarística semanal para educar el deseo de la Luz.
Estudio del Catecismo 1033-1037 en familia o grupo.
¿Quieres profundizar más?
Biblia: Mt 25,41-46; Jn 3,16-21; 2 Pe 3,9; 1 Tim 2,4; Ez 33,11; Dt 30,19; Rm 2,6-8; Lc 16,19-31 (especial 16,26); Rm 6,23; Mt 23,37; Mc 9,48.
Catecismo: 1021-1022; 1033-1037; 1861; 393; 679.
Padres/Doctores: Agustín, De civitate Dei XXI; Tomás de Aquino, Summa Theologiae, Supl. q.98.
Documento pontificio: Benedicto XVI, Spe salvi (2007), nn. 44-47.
