* Revelación: “Proclama mi alma la grandeza del Señor… Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí” (Lc 1,46.48-49). Con estas palabras del Magníficat, María misma profetiza que todas las generaciones de cristianos la llamarán bienaventurada. Cabe preguntarse: ¿de qué manera hacen vida los luteranos y otros protestantes estas palabras proféticas contenidas en los Evangelios?
* Revelación: “Haced lo que Él os diga” (Jn 2,5). En las bodas de Caná, María no se señala a sí misma, sino que dirige a los discípulos hacia Cristo. Así ocurre siempre en la Iglesia: todo culto a la Virgen es camino que conduce a Jesús, nunca un desvío.
La Tradición Apostólica reconoció desde los primeros siglos a María como Theotokos, Madre de Dios. Este título no se le da para engrandecerla a Ella, sino para proclamar la verdad sobre Cristo: que Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre en una sola persona. Llamarla “Madre de Dios” no significa que María le haya dado a Jesús su divinidad, del mismo modo que, cuando decimos “la madre del crucificado”, sabemos que Ella no le dio ser crucificado. Tampoco la madre de un alcalde le da a su hijo la condición de alcalde, aunque la llamemos así. Con la misma lógica, llamamos a María Madre de Dios porque fue madre de todo lo que Jesús es: verdadero hombre y verdadero Dios.
El Magisterio de la Iglesia, en el Concilio de Éfeso (año 431), defendió con fuerza este título frente a quienes lo negaban. Reconocer a María como Madre de Dios es, en definitiva, afirmar la divinidad de Jesucristo.
La Liturgia lo celebra cada año en la solemnidad de Santa María, Madre de Dios, recordando que toda honra tributada a la Virgen remite siempre a su Hijo. Ella no se glorifica a sí misma, sino que repite a cada creyente lo que dijo en Caná: “Haced lo que Él os diga”.
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Larrañaga, I. (s.f.). El silencio de María. [s.l.]: [s.n.] ISBN 978‑968‑758‑107‑1
