Los astrofísicos han calculado que la probabilidad de que las constantes universales tengan exactamente los valores que permiten la vida es casi nula. Por ejemplo:
La constante cosmológica, que regula la expansión del universo, está ajustada con un margen de 1 entre 10 elevado a 120.
La relación entre la fuerza electromagnética y la fuerza gravitatoria debe tener un equilibrio afinado en 1 parte de 10 elevado a 40.
El valor de la fuerza nuclear fuerte, que mantiene unidos los protones y neutrones, si variara solo un 2 %, haría imposible la existencia de átomos estables.
Estas cifras son tan improbables que el argumento del azar resulta poco convincente. Lo razonable es concluir que el universo ha sido pensado y ordenado para la vida.
* Revelación: “Los cielos proclaman la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos” (Sal 19,2). La contemplación del cosmos conduce naturalmente a reconocer la grandeza del Creador.
* Revelación: “Lo invisible de Dios, su eterno poder y divinidad, son conocidos mediante sus obras desde la creación del mundo” (Rom 1,20). San Pablo afirma que la naturaleza misma es un testimonio vivo de Dios.
La Tradición de la Iglesia ha visto siempre en la armonía de la creación una huella del Creador. El Magisterio lo ha expresado de modo claro: el universo no es fruto de la casualidad ciega, sino obra de una inteligencia ordenadora. La Liturgia lo proclama cada vez que bendice a Dios por “la obra admirable de la creación” y lo vincula con la redención en Cristo.
Creer en un diseño inteligente no es un recurso para llenar vacíos científicos, sino reconocer que detrás de la racionalidad del universo hay una Razón mayor. La revelación y la ciencia, lejos de excluirse, convergen en mostrar que el cosmos es un lenguaje abierto hacia Dios.
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Bolloré, M.-Y., & Bonnassies, O. (2023). Dios. La ciencia. Las pruebas: El albor de una revolución (A. Recondo, Trad.). Funambulista. ISBN 978‑84‑126587‑9‑8
