* Revelación: “Al Señor tu Dios adorarás y solo a Él darás culto” (Mt 4,10). La adoración, que en teología se llama latría, corresponde únicamente a Dios. La Iglesia nunca la aplica a criatura alguna, ni siquiera a la Virgen María.
En cambio, existe una veneración especial (dulía) hacia quienes vivieron ejemplarmente la fe y ya gozan de la presencia de Dios. A María se le reconoce una veneración singular (hiperdulía) por su papel único como Madre de Cristo, pero siempre subordinada a la adoración debida solo a Dios.
* Revelación: “Orad los unos por los otros para que seáis curados” (St 5,16). Si en la tierra nos pedimos mutuamente oración, ¿cómo no pedírsela a quienes están más unidos a Dios en el cielo? La intercesión de los santos es continuidad de la comunión que tenemos en Cristo.
* Revelación: “Vi bajo el altar las almas de los que habían sido degollados por causa de la Palabra de Dios… y clamaban a gran voz” (Ap 6,9-10). La Escritura muestra a los santos intercediendo en la presencia de Dios.
* Revelación: “Los veinticuatro ancianos se postraron… y tenían copas de oro llenas de incienso, que son las oraciones de los santos” (Ap 5,8). El Apocalipsis enseña con claridad que los santos presentan a Dios las súplicas del pueblo fiel.
La Tradición Apostólica siempre reconoció la fuerza del testimonio de los santos, y el Magisterio ha defendido su papel en la vida de la Iglesia como modelos e intercesores. La Liturgia lo proclama en cada misa, al invocar a María, a los apóstoles y a los santos, como miembros vivos de la misma familia de Dios.
Por tanto, venerar a los santos no es idolatría, sino reconocer que la gracia de Cristo se ha manifestado en ellos y pedir su intercesión para seguir fielmente a Jesús. Al honrarlos, en realidad celebramos la victoria de Cristo en sus vidas.
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Brown, P. (2018). El culto a los santos: Su desarrollo y su función en el cristianismo latino (F. J. Molina de la Torre, Trad., 1.ª ed.). Ediciones Sígueme. ISBN 978‑84‑301‑1986‑8.
